
Sí, sé que ha sido larga mi ausencia, lo reconozco. Pero en mi descargo he de decir que fueron muchas las veces que me urgía postear algo, lo que fuera, y nomás no pude. Cada vez que lo intentaba, fuerzas muy superiores se encargaron de truncar mis intentos; las mismas fuerzas malignas que me arruinan la existencia día con día, convirtiéndome en un hombre infeliz y miserable; fuerzas contra las que resulta imposible pelear y frente a las cuales, la resignación humilde es mi único camino de salida.
A continuación, he aquí y ahora tres recientes ejemplos de esto que hablo.
Ejemplo 1.
Hace unos días fui al Oxxo a comprar una bolsa de hielo. La saqué del refri, me piqué con el alambrito que la cierra y pagué con uno de a doscientos. La pendeja me dice que no tiene cambio. Le digo que es un Oxxo... cómo no va a tener cambio. Me dice que no tiene, que si acaso para uno de cincuenta sí tiene. Yo me enojo, regreso el hielo y le digo que qué mal servicio. Se levanta su compañero, envalentonado, y me dice: "perdóneme, pero no es mal servicio". Yo le digo que sí que lo es. Le digo que es su obligación tener siempre cambio. A eso se dedican. Me dice que no, que es obligación de los dos, de ellos y del cliente. Le digo que nuncamente, que está loco... "ustedes dan el servicio... Yo no tengo porqué traer cambio". Me dice, con ridiculísima, infantil y por demás inútil ironía que entonces lo perdone por no tener cambio. "Perdonadísimo" le digo, "por eso no se preocupe, lo perdono todo lo que quiera... pero de que es muy mal servicio, lo es". Él insiste que no y yo me voy diciéndole que sí lo es y él remata diciendo que no. Yo me voy muy encabronado y él se queda chacoteando con la cajera. ¿Qué ha pasado ahí? Sencillo: me he enfrentado a fuerzas muy superiores. Jamás en la vida los convenceré de nada.
Ejemplo 2.
Voy a comer con mi amigo P a Los Pescaditos, restaurante de nuestra afición, casi sabroso y casi barato. A la hora de irme descubro que un imbécil con cochecito de la cocacola se ha estacionado en segunda fila, valiéndole madres, bloqueando a dos coches, entre ésos, el mío. Espero por espacio de veinte minutos. Finalmente sale (del banco) y mi amigo P le reclama: "¡Qué te pasa mano!" El abusivo, lejos de disculparse, hace cara de: "Ni modo... llevaba prisa", se sube a su carrito y se va. Mi amigo P quiere pelea, pero yo lo calmo. Por mí que ahí muera. ¿Por qué? Sencillo: Sé que ningún argumento en el mundo hará comprender al imbécil que ha sido abusivo. Es decir, una vez más me enfrento a fuerzas muy superiores.
Ejemplo 3.
Tengo dos gatos; mamá e hijo. A ambos les salvé, literalmente, la vida (anécdota que contaré en otra ocasión). La madre, Sasha, está medianamente agradecida. El hijo, Becker, no sólo no me muestra agradecimiento en absoluto, sino que me odia ostensiblemente. Yo lo trato con amor, pero el me desprecia como si no le hubiera salvado la vida. Araña mis muebles, rompe mis adornos, huye a mi encuentro. Yo no le agrado. Hace poco, jugando a la guerra con su mamá, rompió una botella de tequila. A manera de correctivo le dí unas nalgadas. No me siento orgulloso, pero la disciplina debía de llegar a esa casa, mejor tarde que nunca. De cualquier manera, Becker no podría odiarme más de lo que ya lo hacía.
Anoche llegué a casa y M me dice que "uno de los gatos" se orinó en mi almohada, pero que no sabía cuál gato había sido... como si fuera tan difícil deducirlo. Yo, que sí sabía, ya no hice nada (aparte de usar otra almohada, claro). Bastante claro me quedaba que me enfrentaba, una vez más, y con todas las de perder, a Fuerzas Muy Superiores.